lunes, 5 de noviembre de 2018

AMENAZAS DIGITALES, CÓMO DETECTARLAS

El uso de las tecnologías, como la inmensa mayoría de las cosas,  puede tener excelentes beneficios o las consecuencias más caóticas. Todo depende, obviamente de su uso: un cuchillo es una excelente herramienta para cortar un jugoso filete; también sirve –desgraciadamente- para otros fines. Con la tecnología numerosos delitos que ya existían desde hace décadas amplían su radio de acción y –sobre todo, y debido a su mal entendido anonimato- aparecen nuevas variantes que ponen al menor de edad en el punto de mira. ¿Sabría cómo detectar si su alumno está sometido a una de ellas?


De todas ellas, muy probablemente, la que se sitúe en el primer puesto es el acoso escolar; o al menos así se llamaba en la era “pre-digital”. Hoy se conoce como BULLYING. Por cierto, verá el lector que todas estas amenazas digitales hoy se definen siempre en inglés, y con la forma verbal gerundio (-ing). El trasfondo de la mayoría de ellas, lamentablemente, sigue siendo el mismo: hacer daño a los compañeros. El “problema” es que si antes los niños iban de frente (al menos había cierta “decencia” exponiéndose como autores de la infamia), hoy con la tecnología los niños sienten cierta invulnerabilidad personal gracias a un -teórico- anonimato. Es decir, muchos niños ven más factible efectuar acoso escolar sólo por el mero hecho de poder hacerlo –más cómodamente- desde su casa o en la biblioteca del colegio (por cierto, ¿sabría identificar quién es el responsable de este delito si se hiciera desde la IP de un colegio?). Empezando por lo último, tanto familias como docentes y equipos de titularidad deben de aclarar a los niños que no existe ese anonimato como ellos conciben, y sí una responsabilidad de sus propios actos, como ya recordó en este blog la propia Guardia Civil..
Por cierto, conviene recordar que hay hasta 4 tipos de acoso escolar, aunque a veces puedan aparecer más de dos al mismo tiempo:
  • Físico: empujones, patadas, agresiones con objetos, etc.
  • Verbal: proferir insultos y aplicar motes ofensivos, siempre con un claro menosprecio. Se intenta -por parte del acosador- efectuarlo en público para mayor vergüenza del niño acosado. El acosador lo empleará para resaltar determinados defectos físicos. Suele ser ésta la forma más habitual de acosar.
  • Psicológico: minan la autoestima del individuo para fomentar la sensación de temor e inseguridad en sus propias acciones.
  • Social: el fin último es aislar al niño acosado del resto de compañeros.


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El uso de smartphones para grabar cualquier tipo de acoso nos convierte automáticamente en partícipes de un posible delito

Si el bullying es una amenaza, por lo general, entre iguales (niños contra niños), otra no menos peligrosa es el grooming. Y estimamos que es más perjudicial puesto que se trata de un ataque de un adulto a un menor de edad donde éste intenta engañar al niño mediante una serie de conductas para ganarse, primero, la confianza y/ amistad de él/ella y, en un segundo término, abusar sexualmente del menor. Estos casos desembocan tristemente en casos de prostitución infantil o la producción de material pornográfico.
Desde Singladura recordamos que los Centros Educativos y las Familias deben estar especialmente vigilantes en las relaciones que los niños puedan contar a través de medios digitales, puesto que podrán contactar con personas que –mediante el engaño- se hagan pasar por otras personas con unas malas intenciones.
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Los niños que sufren acoso optarán por juegos solitarios e interpretarán un mundo en dos tonalidades: blanco y negro.
Hace unas semanas traíamos a colación también en este blog cómo las tecnologías ponían de manifiesto otras amenazas digitales, como el ransomware, que consiste en sobornar a los niños con pequeñas cantidades de dinero a cambio de –por ejemplo- no difundir las notas entre sus círculos más próximos, tanto familiares como amigos.

Así las cosas, los niños hoy parecen estar expuestos a las mismas amenazas que hace 3 décadas; con la diferencia que en el modus operandi es la tecnología la que se utiliza para llevar a cabo estas acciones

¿Cómo detectar estas amenazas?
La pregunta del millón para muchos docentes y familiares, a sabiendas que los niños a veces, como un sistema de autodefensa, son capaces de negar lo evidente y hay que hilar muy fino para dar con la verdad y averiguar si el niño está siendo extorsionado, acosado o fruto de una red más peligrosa.


  • Quizás una de las manifestaciones más valiosas si un niño está sufriendo algún tipo de acoso, sea del “color” que sea son los silencios del menor. Es decir, si observamos a un niño más callado de lo habitual, ésta puede ser sin duda una de las primeras voces de alarma. Así, será conveniente investigar si ese silencio en momentos puntuales se extiende a otros momentos, como el patio, las extraescolares, el comedor escolar, etc.
  • En niños hasta los 15 o 16 años el menor puede volverse mucho más triste e irascible de lo normal manifestando un deseo de no acudir a la escuela (donde residen sus momentos negativos, su acosador, extorsionador, etc.)
  • Los docentes verán que prefiera no jugar con otros niños, sean éstos o no los acosadores, optando por juegos solitarios, lectura de libros, etc. En definitiva actividades que no impliquen interactuar con terceros.
  • Por supuesto, manifestaciones físicas. Un niño que pueda estar siendo sometido a este tipo de vejaciones probablemente tendrá moratones en determinadas zonas de su cuerpo. También hay otro tipo de manifestaciones “secundarias” como vómitos, fiebre, imposibilidad de controlar sus esfínteres, etc.


Ante este cuadro, hay otras dos manifestaciones que no pueden pasar por alto para los docentes en una primera instancia, ni en una segunda para los padres: el bajo rendimiento escolar fruto de esa angustia por la que esté atravesando el menor.
En edades tempranas, las manifestaciones artísticas de los niños sometidos se visualizan a través de la ausencia de colores, pintando en blanco y negro. Por otro lado el menor dejará de prestar atención a las clases, concentrándose en su particular preocupación (que no le vuelvan a pegar, extorsionar, amedrentar, etc.)  Se han llegado a dar casos que esta pérdida de atención se transfiere incluso a cosas más banales como la forma de vestir.

Así las cosas, ante la menor evidencia de que un niño pudiera estar siendo acosado, una comunicación tridireccional (familia, escuela, docentes) es clave para atajar lo antes posible estos hechos. A partir de ahí, y en función de la gravedad de los mismos, lo ideal es que la escuela cuente con un protocolo de actuación que active determinados mecanismos donde psicólogos desarrollen su trabajo y, tal vez, los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado en caso de que haya una presunción de delito punible.