jueves, 9 de noviembre de 2017

¿QUÉ SIGNIFICA LO MEJOR PARA NUESTROS HIJOS?

Al comienzo de este blog, hace más de 4 años, asistimos a una conferencia donde uno de los ponentes lanzaba la siguiente pregunta: ¿Qué deseo pediríamos para nuestros hijos? Hoy la respuesta la marca un reciente estudio elaborado por Imaginarium (Estudio Felicidad e Infancia) donde se apunta que para el 98% de los padres lo más importante es que sus hijos sean felices, lejos de querer que sean inteligentes. En esa búsqueda de la felicidad cabe otra pregunta  ¿Cómo educar para dar a los niños lo mejor? Y para responder a esta pregunta primero tendremos que descifrar qué es “lo mejor”.

Porque, no nos engañemos, cada familia es diferente; y los niños –incluso entre hermanos- median abismos. Aquello que para un padre es bueno (darle un Smartphone con menos de 10 años para que sea el chico guay de su clase), quizás para otros padres sea contraproducente. Así las cosas, sería interesante definir, acotar, qué es lo mejor para un niño, qué le puede hacer más feliz (al margen de su género).

Mencionábamos antes que la historia ha cambiado y los niños son diferentes, los de hoy respecto a los de hace 2, 3 ó 4 décadas; sin embargo, hay un nexo común entre ellos: a todos les gusta jugar; y, por lo general y al menos hasta cierta edad, hacerlo con sus padres.

Según el Estudio Felicidad e Infancia elaborado por Imaginarium -con información de más de 4.700 encuestas-, los niños (un 37,5%) se sienten felices jugando con sus padres. No en vano, y también según dicho informe elaborado por la compañía juguetera, "el ambiente familiar y escolar sano donde el niño se sienta valorado supone el 53% de la felicidad futura de los hijos". A rebufo (37%) los niños valoran compartir tiempo juntos en familia. Ahora bien, la próxima vez que pasee cerca de un parque infantil indague qué hacen los padres (sí, muy posiblemente estén mirando su teléfono móvil o hablando con otros padres); y eso no es lo que quieren los menores: ellos están deseando que los padres corran con ellos, jueguen al escondite o inventen juegos. Inténtelo un día: será cansado pero verá cómo a su hijo se le dibuja una sonrisa y -también- al exhausto padre. Y no es por amedrentar pero pensemos que el tiempo que no juguemos hoy con los niños no volveremos a disfrutarlo... Retomamos aquí parte del discurso de Javier Urra respecto a invertir tiempo en la familia y el uso del teléfono en comidas familiares: "Mejor apagado. Lo que quiero es estar con ellos y disfrutar de la conversación", otra muestra más que el niño lo que quiere es estar y comunicarse con sus padres y hermanos; ¡y jugar!




Que por cierto, estamos hablando de parques, como si fuera hoy la única diversión de los niños...¿Los llevamos aquí porque realmente les gusta el parque, o estamos repitiendo patrones de conducta puesto que nuestros padres también nos llevaron a estos sitios? Si hablamos con ellos quizás descubramos nuevos lugares que les apetezca más ir, donde se divertirán más; en Finlandia, por ejemplo, es práctica habitual que las familias se desplacen los fines de semana a leer a bibliotecas públicas..Todo ello sin perder el norte: hay niños cuya única forma de diversión es a costa de actividades cuyos padres apenas pueden costearse pero que pagan sumisamente "por el bien de mi hijo". En este sentido hay que aclarar una cosa: educar a un niño no consiste siempre en darle todo lo que nos pida pues llegará el momento en que solicite cosas que se nos escapen de las manos. Y entonces, ¿qué haremos? No es bueno darles todo lo que pidan -gran parte de lo que piden es para saber dónde está el límite- y no valorarán ni lo que poseen ni el esfuerzo que tienen que hacer los padres para cumplir sus demandas.

Conseguir niños felices y satisfechos no pasa por hacerles todo lo que ellos quieran; ni tampoco que los padres sean sus "secretarios", revisando agendas escolares, plataformas educativas online o grupos de Whatsapp de clase...No pasa absolutamente nada si un niño acude un día al colegio sin los deberes hechos. Lo más probable es que sea amonestado por su profesor y/o tutor. Y quizás le suceda alguna otra vez más; pero llegará un momento en el que no se le olvide hacer los deberes. A esto se le conoce como "madurar".

Acostumbrarles a la derrota
Explicábamos aquí, con un significativo título (Déjale que corran riesgos) que un colegio en EEUU alentaba a aquellos padres que actuaban como "fieles escuderos" de sus hijos que no acudieran al Colegio si era para llevarles aquellas cosas que se habían olvidado los niños en casa: merienda, deberes, carteras, etc. (y evitar así broncas de los docentes). Hilando conceptos, esa sobreprotección -por lo general muy mal entendida- arranca incluso cuando jugamos con los niños: ¿Qué padre no ha hecho una carrera corriendo con su hijo y le ha dejado ganar? Si cada vez que un niño juegue con sus padres al escondite, hagan una carrera de bicicletas o entablen una partida de ajedrez -por poner diversos casos- y le dejan ganar, le estaremos acostumbrando siempre al éxito; y, por suerte o por desgracia, en la vida no siempre se gana, de modo que nunca estará preparado para la derrota. Por ello es importante enseñarles que el esfuerzo también va ligado con la felicidad de conseguir algo por sus propios modos.