viernes, 3 de noviembre de 2017

9 PM. ¡A LA CAMA!

Si analizamos cómo era un día cualquiera hace 40 años y -por ejemplo- hoy mismo, notaremos una  serie de notables diferencias, tanto en lo que nos rodea como en la forma de proceder. Y hay una cosa que en la actualidad, muy probablemente, sea completamente diferente a cómo se gestionaba hace 3 ó 4 décadas y que influye decisivamente en los menores: el tiempo (y calidad) del sueño de los niños.


El ritmo frenético de la sociedad en parte nos aboca a horarios -profesionales- de las familias que, por lo general, exceden de esas recomendables 8 horas diarias; por lo cual-irremediablemente- muchos papás se ven "obligados" a trasladar esas maratonianas jornadas a sus hijos, traduciéndose en canguros "digitales" y -lo peor- cenas en familia a horas -quizás- demasiado tardías, una combinación que, como vamos a ver, redunda en una peor calidad del sueño del menor (y un menor rendimiento escolar).


"La luz blanca de las tabletas y teléfonos anula en el cerebro la creación de melatonina, sustancia indispensable para conciliar el sueño"
Según el doctor Eduard Estivill, especialista en problemas de sueño en la infancia, hay que diferenciar a los niños por dos rangos de edad: los que se sitúan en una horquilla que oscila entre los 2 y los 6 años de edad y de esa edad en adelante. Para los primeros, que puedan dormir menos de lo normal -o que les cueste conciliar el sueño- en gran parte puede deberse a alergias, problemas de piel y/o gastrointestinales muy típicas en esa edad. Sin embargo, para el segundo grupo, la calidad (y cantidad) del sueño viene determinada por ciertos factores externos. De entrada, los padres intentan alargar sus minutos de estar con sus hijos, pero a costa del sueño de los mismos. Por otro lado, los niños a partir de esta edad están 100% familiarizados con todos los dispositivos tecnológicos que habitan en una casa: por supuesto, la televisión, tablets, smartphones, etc. Todos estos dispositivos funcionan con pantallas retroiluminadas, de modo que emiten una luz blanca que permite leer y ver el contenido; y para empeorar aún más todo, los niños sitúan las pantallas a una distancia demasiado próxima a los ojos. Estivill ha señalado que el efecto de esta luz en estos dispositivos hace que el cerebro deje de fabricar una sustancia que necesitamos para dormir y que se llama melatonina. Si nosotros ponemos esta luz blanca, luz fría, a una distancia de un palmo de los ojos propiciamos que al niño le cueste más dormir, puesto que estamos bloqueando la fabricación de melatonina. En este sentido, cualquiera de nosotros habrá podido comprobar cómo la lectura de un libro nos adormece por la noche: no es porque nos aburra, sino porque no estamos interfiriendo en la fabricación de dicha sustancia.

"Dormir bien es más importante incluso que comer"

Por supuesto, los hábitos culturales y sociales también han ido evolucionando en las últimas décadas. Estivill recomienda que los niños deberían acostarse a las 9 de la noche como muy tarde y sin dispositivos tecnológicos -al menos- dos horas antes de acostarse. Hace 30 ó 40 años los niños se acostaban incluso antes y, si acaso, con un libro, un tebeo o similar (cierto es que no existía el componentes digital).

Consecuencias de dormir mal
Llegados a este punto de información, la pregunta es, ¿cómo afecta una mala calidad del sueño en el desarrollo cognitivo del menor? El doctor Estivill señala que dormir bien es más importante incluso que comer: "se puede llegar a morir antes por dormir mal que por no comer", aseveración que da una idea de la importancia de esta necesidad; y, por supuesto, dormir poco (y mal) influye en un bajo rendimiento académico. Así, apunta diversas manifestaciones fruto de ese mal dormir:
Por un lado, el niño que no consiga dormir adecuadamente un mínimo de horas se despertará irritado, de mal humor; muy probablemente haga un desayuno también de peor calidad (recordamos aquí que el desayuno es la comida principal, clave, para un exitoso día). Estivill reconoce un mayor éxito académico entre aquellos niños que duermen bien. No en vano, los docentes hace años recomendaban a los alumnos que -cuando se acostaran- leyeran apuntes de clase o la lección de un examen puesto que la memoria se consolida mientras dormimos, facilitando así de manera inconsciente la asimilación de contenidos.
Estivill va incluso más allá: mientras dormimos las personas fabricamos la hormona del crecimiento; un niño que no duerma ni un suficiente número de horas ni que éstas sean de calidad redundará en que -probablemente- sea más bajo de lo que desde el punto de vista genético podría llegar a ser.

Cantidades recomendadas (según edades)
Un niño de 5 años necesita dormir al menos 11 horas; un adolescente, 9 horas; un adulto, 8 horas, y un adulto mayor de 65 años, entre 6 o 7 horas. Aunque cada vez está más extendida la práctica de la siesta en los Centros Educativos, sólo lo es entre alumnos de educación infantil (hasta 6 años). Estivill reclama más peso de dicha práctica entre todo el alumnado: "20 minutos diarios de siesta sirven para completar el sueño necesario en 24 horas"