miércoles, 20 de septiembre de 2017

¡NO QUIERO IR AL COLEGIO!

Hay dos sucesos típicos, clásicos,  asociados con el comienzo del curso escolar, y que se repite año tras año desde hace décadas. Uno de ellos es el reparto "gratuito" de álbumes coleccionables para enganchar a los niños; otro, los niños, los más pequeños, llorando desconsoladamente en la puerta del colegio, aferrado al cuello de su padre/madre insistiendo en la negativa de entrar al recinto. ¿Por qué se repite este hecho? ¿Cuáles son los motivos de los niños por no querer entrar en el colegio? y, sobre todo ¿qué pueden hacer los docentes para que este "trauma" sea lo más llevadero posible tanto para el niño como para sus padres?

Hay que saber gestionar qué mensajes damos a los niños para aportarles tranquilidad.

Partamos de la base de que los miedos son "normales" entre los niños. Hay quienes se asustan por los ruidos de los petardos en una fiesta, otros se asustan de la oscuridad y tienen que dormir con una pequeña luz de apoyo; otros sienten miedo ante personas extrañas... Por ello, una tarea que en gran medida compete a los padres es ayudar a sus hijos a superar esas fobias. Cada cual tendrá su manera de proceder para ayudar al menor  a afrontar sus temores; si bien es cierto que los niños  -a medida que van madurando- van ganando poco a poco todas estas batallas. El carácter del niño también determinará en gran medida cómo gestionará nuevas situaciones: cambio de colegio, de residencia, etc. Si estamos ante un niño extrovertido, muy posiblemente el niño ya anuncie en su segundo día que tiene 3 amigos..Sin embargo, si éste es retraído, tímido, muy probablemente le costará -no ya sólo hacer amigos- sino mantenerse fuerte; llegando al punto que incluso posibles juegos de sus nuevos compañeros de clase lo interprete como una amenaza, aumentando así su dificultad para entablar una relación.

"Papás, no caigáis en la tentación de alargar la estancia con vuestro hijo en la puerta del colegio. Cuanto antes os despidáis mejor (para ambos)"

Así, se define como ansiedad por separación al miedo excesivo y desproporcionado que los niños sienten cuando tienen que separarse de sus padres en la puerta del colegio. Sin ánimo de alarmar, en realidad sólo el 4% de niños, en edades comprendidas entre los 3 y 8 años, podrán sufrir dicha ansiedad. Su miedo va más allá de la propia separación de sus progenitores, pensando incluso que les pueda pasar algo malo a ambos. El recelo del niño se acrecienta pues se ve obligado -no ya sólo- a despegarse de su padre/madre, sino a tener que "convivir" con un extraño (su profesor) y, además, con otros 24 niños; y entre los cuales, a lo peor, también pueda haber otro/s  niño/s en su misma circunstancia.

Para evitar parte de este mal trago a los niños (y muchas veces también a los padres, que se van con el corazón encogido por tener que dejar a su hijo en semejante situación), los expertos apuntan a que es preferible reducir al mínimo el tiempo en el cual el niño esté en brazos de sus padres, resultando preferible darle un beso y rápidamente dejarle en el aula con el profesor y restantes alumnos.

En el momento de la despedida resultará mucho más valioso lanzar mensajes positivos asegurándole que todo va a ir bien, que lo pasará bien con más niños y explicarle que al final de la clase le recogeremos a su hora. Puesto que los niños carecen de referencia horaria hasta los 8 o 9 años bastará con decirle que "dentro de muy poquito estaré de nuevo contigo". No obstante, hay que remarcarle al niño la obligatoriedad de acudir al colegio del mismo modo que los papás van al trabajo

Por supuesto, los padres deberán evitar la "tentación" de asomarse por la ventana del pasillo al aula -si la hubiera- para comprobar cómo se ha quedado. Si el niño se percata de la presencia del padre será más difícil aún calmarle.

¿Cómo detectar la ansiedad por separación?
Obviamente, y en primer lugar, por la negativa del niño a separarse de sus padres y llorando. Sin embargo,  y como ya hemos apuntado anteriormente, también puede manifestarse por temor a que sucedan hechos negativos tanto al niño como a progenitores. Es decir, el niño puede entrar en clase sin mostrar dichas señales y sufrir dicho trastorno. Por ello hay que ser especialmente cauto ante rabietas y dolores físicos -principalmente asociados con molestias abdominales con vómitos- y que, curiosamente, desaparecen cuando el niño está de nuevo con sus padres.

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