martes, 11 de julio de 2017

GESTIÓN DEL DUELO EN MENORES: ASIGNATURA PENDIENTE DE LOS DOCENTES

Con el mes de julio, y los colegios sin alumnos, en Singladura queremos aprovechar para tocar temas de especial relevancia; y uno de ellos es cómo gestionar, del mejor modo posible, la muerte de un ser querido o un compañero de pupitre. Cuando los medios de comunicación recogen la tragedia -por ejemplo- bien de un accidente de un bus escolar o bien (por desgracia) de un atentado, cuando hay menores de por medio, uno de los principales asuntos a tratar es ayudar a los chavales a afrontar el duelo, saber cuánto tiempo es el recomendable, cuándo pueden volver a empezar a retomar su "día a día", etc.

Para abordar este tema tan sumamente sensible y delicado, Singladura se ha puesto en contacto con Elízabeth Ransanz Reyes, Doctora en Pedagogía y especializada en Pérdidas y Duelos en la Infancia y Adolescencia, quien nos aclarará algunas dudas al respecto.

¿Por qué siendo la muerte un hecho tan natural, parece que nunca estamos preparados para ella?
Para responder a esta cuestión deberíamos comenzar diciendo que la actitud ante la muerte no siempre ha sido la misma; a lo largo de la historia de la humanidad la convivencia del ser humano con este constructo ha ido cambiando; antropólogos como Philippe Ariès nos muestran las diferencias entre la concepción de la muerte antes del siglo XIX y la concepción de la muerte actual, en una interesante definición de las características conceptuales de la muerte, el autor habla de muerte “domesticada” como proceso que se da en aquellas culturas en las que la muerte de un ser querido se producía en casa, los rituales eran públicos y la muerte formaba parte de la vida. No obstante, nuestra cultura actual, el interés social por el individuo es meramente mercantilista, conceptos como perder o morir son considerados un fracaso y todo lo que no implique juventud, capacidad productiva, consumo o constante cambio fomenta un sentido de vivir vacío, una conciencia adormecida sobre lo que realmente es importante. En este contexto parece una tendencia generalizada y comprensible el intento de olvidar que se es mortal, ya que la muerte siempre es una constatación dolorosa de nuestra impotencia y una derrota de todos los esfuerzos actuales de la medicina y la ciencia.
Elízabeth Ransanz, experta en duelos.


La pérdida de un ser querido es una experiencia traumática siempre. Cuando un alumno pasa por dicho trance, ¿cómo recomienda a los profesores que deberían actuar?
Ante todo, no pasando por alto el hecho de la pérdida; invitando y dejando espacio para compartir y expresar emociones. La intervención educativa del docente dependerá en gran medida de si persona fallecida es un alumno o alumna, un docente o un familiar. El aula, como agente de socialización primaria, es un marco incomparable donde introducir las experiencias de pérdida y duelo y acompañarlas con el fin de dotar a nuestros alumnos y alumnas de estrategias y herramientas que les permitan en un futuro enfrentarse saludablemente.

Por ese motivo la formación docente es imprescindible en este sentido, saber proporcionar estrategias para disminuir los temores, favorecer el autocontrol en las comunicaciones didácticas o atender a los miedos con cuidado, disponibilidad y continuidad serían algunas de las cuestiones iniciales a tener en cuenta en este sentido.


"Normalmente la ira esconde un gran dolor, suele ser un gran enmascarador de un doloroso proceso por el que la persona no quiere, o no puede, en ese momento atravesar".

Psicólogos y pedagogos siempre apuntan en la dirección de que no hay que reprimir a los niños sus estados emocionales. ¿por qué es bueno llorar?
A priori, reprimir las emociones no es aconsejable en ningún caso, mucho menos en situaciones de duelo; lo más recomendable suele ser dejarlas fluir sin juzgarlas. La represión emocional ante la pérdida, es una cuestión que suele ser aprendida en la infancia de las figuras adultas que nos rodean; ante la pérdida de un ser querido los niños y las niñas más pequeñas observan las conductas de los adultos con el fin de darle sentido y contexto a las suyas propias, es muy probable que si un adulto oculta sus emociones por miedo a provocar más dolor en su entorno los más pequeños imiten esta conducta y, por tanto, les resulte más complicado poder dejar salir esos sentimientos, elemento crucial para la elaboración del duelo. Por otro lado, es necesario en este sentido destacar que acompañar en la expresión emocional de la pérdida a los niños y las niñas implica compartir la emoción, pero sin abrumar.

“Poder llorar la muerte de un ser querido adecuadamente y afrontar la pérdida antes de que se produzca, en el momento en que ocurre y sobre todo después, hace que el niño/a no pueda sentirse culpable, deprimido, enojado o asustado. Cuando ayudamos a nuestros hijos a curarse del dolor que produce la herida emocional más profunda de todas –la muerte de un ser querido -, los estamos dotando de unas capacidades y una comprensión importantes, que le servirán para el resto de sus vidas”. William C. Kroen (1996).
Es normal que los niños lleguen a sentir ira por la pérdida de un ser querido. Por eso es vital saber gestionar adecuadamente los duelos.

¿Cómo suele responder un niño ante la pérdida de -por ejemplo- su padre? Y, por ello, ¿cómo debe/debería ser tratado en el colegio?
Las respuestas ante la pérdida son múltiples y muy diversas, son casi, formas únicas y personales de intentar restablecer el equilibrio emocional que se ha fragmentado, algunos de los síntomas más frecuentes pueden ser la falta de apetito, dificultad para dormir, dificultad en la concentración… La acción tutorial es, indiscutiblemente, la vía a través de la cual daríamos sentido a la intervención docente en este ámbito. En líneas generales debemos indicar que, ante todo, una buena relación entre la escuela y las familias permite que, desde el primer momento y a través de la comunicación entre ambas partes podemos ante todo mostrarle a todo niño y toda niña que estamos a su disposición, será una de las partes más importantes nuestra disposición de escucha plena, intentar mantener las rutinas y la normalidad de las cuestiones cotidianas en el aula.

Los niños más pequeños no conciben la muerte como tal y piensan en que es algo "reversible"

La madurez de los niños se incrementa según es más mayor. Así, un niño de 5 años se comportará de modo diferente a un adolescente de 15 que pierda a un ser querido. ¿Cómo se diferencia el duelo en niños de edades tan dispares?
La evolución de la idea, del constructo de la muerte, es paralelo a nuestro desarrollo evolutivo, por lo tanto, siempre han de considerarse las cuestiones madurativas individuales al respecto. En líneas generales los niños menores de 5 años entienden la muerte como algo provisional y reversible; por lo que se recomienda ser pacientes para explicarle una y otra vez lo ocurrido y lo que significa la muerte. Cognoscitivamente sigue ligado a la idea de que la persona que ha muerto sigue comiendo, respirando, sintiendo… Los niños de estas edades son literales, es decir, se toman todo al pie de la letra, por ese motivo hay que tener cuidado con las metáforas o el lenguaje figurado que puede dar lugar a malos entendidos, es mejor pues, decir que ha muerto, que usar expresiones como "se ha ido", "lo hemos perdido", “está en un largo sueño” y otras muchas que generan más ansiedad y confusión. Por ese motivo es necesario introducir el contenido de forma preventiva, en situaciones cotidianas donde la muerte está presente en la naturaleza. Es a partir de los 11 o 12 años cuando empezamos a tomar conciencia del sentido real de la muerte, aumenta la capacidad para definir y actuar sobre los acontecimientos no presentes, cambia la forma de explicar las causas de la muerte y conciben la irremediabilidad, la universalidad e la inevitabilidad del fenómeno. Entre los 11 – 14 años, sin embargo, encontramos que nuestros alumnos y alumnas ya especulan objetivamente sobre la muerte, y la pueden considerar como el fin de la historia individual. Hay una mayor profundidad en el análisis de los sentimientos y expresan las razones de sus propias acciones.

Un accidente de carretera o, más recientemente, los atentados de Manchester Arena sesgaron en segundos la vida de muchos menores de edad, dejando "huérfanos" a muchos compañeros de pupitre. Si se pudiera establecer un pequeño "libro"sobre cómo afrontar estas situaciones, ¿cuáles deberían ser las pautas a seguir para que los chavales pudieran volver a su normalidad lo antes posible?
Son distintas las consideraciones a tener en cuenta en actuaciones paliativas ante el duelo tan diversas como son una muerte accidental, una muerte esperada o una muerte en un atentado, todas y cada una de ellas, sumadas a las circunstancias personales de cada uno pueden favorecer o perjudicar el avance en la construcción adaptativa del duelo.

Los tiempos en cada uno de nosotros puede ser variable y está sujeto, de igual forma a dichos factores, manuales que recogen las líneas generales de actuación en estas circunstancias pueden ser por ejemplo los que elabora la fundación Mario Losantos dirigido a docentes y familias.

¿Cuáles son las conductas que suelen reproducir los niños ante la pérdida de un familiar y/o amigo ese compañero de pupitre o del club deportivo del cole)?
Las conductas de los niños y las niñas ante la pérdida son diversas, dependerán, como anteriormente habíamos indicado de las actitudes, estrategias y herramientas que los adultos a su alrededor, de sus características psicológicas y evolutivas, así como de las circunstancias de la muerte. Lo que en definitiva tenemos que remarcar es que cualquier conducta puede estar dentro de lo que consideramos normal si responde a una forma adaptativa de elaborar el duelo, todas aquellas conductas y estrategias que sin embargo dificultan el paso de una tarea a otra son las que denominamos desadaptativas y por lo tanto susceptibles de intervención. Estar sobre todo atentos por un lado a la funcionalidad de las conductas y por otro lado a la duración de las mismas, puede ser un indicador posible de conductas adecuadas o inadecuadas. Por otro lado, es frecuente observar que los niños y adolescentes presentan un mantenimiento de la emoción distinta a la de los adultos, es fácil ver cómo un niño tras una pérdida pueda pasar casi de forma inmediata de la expresión del dolor a la alegría, este es un proceso habitual de adaptación a la pérdida que se establece a través de pequeños acercamientos y alejamientos a los estados emocionales relacionados con el dolor.

¿Existe relación directa entre el fallecimiento de un ser querido y un abuso de determinadas sustancias (alcohol, tabaco, etc) en los menores? En caso afirmativo, ¿por qué? 
En realidad, la correlación que existe entre el aumento de sustancias tóxicas psicológicamente se vincula, según las investigaciones realizadas desde 1986 por Lazarus y Folkman, con cuestiones como las estrategias de afrontamiento y de regulación de la ansiedad que poseamos. Evidentemente la pérdida de un ser querido enfrenta al organismo a situaciones de estrés emocional y de ansiedad que ponen a prueba las herramientas y los instrumentos de regulación emocional que todos y todas tenemos; por lo tanto es imprescindible considerar que el tratamiento de la muerte y del duelo en el aula ha de hacerse fundamentalmente desde el ámbito preventivo (sin desatender el paliativo) intentando desarrollar esas estrategias de regulación emocional que permitan a la persona conectar con el dolor sin dejarse arrastrar por él. Como es deducible por todo lo anteriormente explicado, en una sociedad en la que la búsqueda del placer es una constante, es cada vez más fácil encontrar más personas que rehúsen a conectar con el dolor y busquen a toda costa anestesiar temporalmente sus sentidos.

¿Por qué ante la pérdida de un ser querido -y aquí incluso podríamos generalizar, no sólo a niños, sino también adultos- podemos transformarnos en seres más agresivos, mostrando ira (quizá racional...)?
Es indudable que el estilo de resolución de conflictos, las circunstancias de la muerte, la falta de apoyos externos, etc, influyen en las respuestas de adaptación ante la pérdida, Normalmente la ira, suele esconder un gran dolor, suele ser un gran enmascarador de un doloroso proceso por el que la persona no quiere, o no puede, en ese momento atravesar. Tras la ira suelen esconderse sentimientos de culpa, hacia uno mismo o hacia terceros, incluyendo la persona fallecida. Solamente cuando logramos darnos cuenta del sentimiento que está debajo de esa ira es cuando podemos aprender a canalizarla y expresarla de forma adecuada.

Hablando de la muerte, tu colega Agustín de la Herrán Gascón, profesor del Departamento de Didáctica y Teoría de la Educación de la Universidad Autónoma de Madrid, señala que ni se ha normalizado en los curricula ni en los proyectos educativos todavía (la gestión del proceso de información de la muerte). ¿Qué opinas al respecto? ¿Qué beneficios podría obtener un colegio si contara con docentes preparados en esta materia?
Estamos todavía muy lejos de conseguir que la muerte sea considerada dentro de las programaciones docentes y de la formación del profesorado, no obstante en esta línea estamos intentando proponer una línea de investigación que propicie el avance en dicha cuestión, son cada vez más los docentes que solicitan recursos y estrategias para abordar el tema y es cada vez más frecuente la demanda social del desarrollo de competencias frente a la transmisión de contenidos teóricos, las competencias relacionadas con el desarrollo del constructo de la muerte así como de las que se vinculan con la adecuada elaboración de las pérdidas deben estar recogidas en los ámbitos referidos al aprender a ser persona y el aprender a convivir que todo plan educativo y de acción tutorial debe contemplar si quiere atender al desarrollo integral del educando. El propio Agustín de la Herrán Gascón junto con la también eminente profesional en este ámbito Mar Cortina sostienen:

“La Educación para la Muerte podría ser uno de los caminos para conectar a la educación ordinaria con la Educación para la Evolución Humana (…) En la medida en que la evolución humana depende del incremento de complejidad de conciencia y la superación de egocentrismo y ambas vertientes dependen del conocimiento, consideramos que la Educación para la Muerte es una rama importante o una parte esencial del árbol que nos interesa, la Educación de la Conciencia” (Herrán y Cortina, 2006, p. 65-66).