viernes, 16 de mayo de 2014

COMUNICACIÓN, LA BASE DE LA SOCIEDAD

A pesar que los adolescentes hoy día disfrutan de acceso a un sinfín de información a través de un amplio abanico de dispositivos, la realidad es que encuentran serias dificultades no sólo para expresarse, sino para hacerlo además en público. Al sentimiento de vergüenza, se le unen otros aspectos, como la proyección de la voz, el tono del discurso e incluso el de la respiración.


No es por ello casualidad que de un modo muy discreto algunos colegios –quizás los más elitistas- han integrado en su oferta educativa una asignatura denominada “Comunicación”. Los alumnos que en los próximos años salgan al mercado laboral no tienen que lidiar únicamente con una competencia de alumnos españoles. El estudiante hoy es universal y su mercado potencial está en los 5 continentes. Por ello, tiene que saber venderse correctamente, a través de un buen currículum estructurado y que en la entrevista sea capaz de describirse sin titubeos; que su voz transmita seguridad y que sus frases tengan un sentido completamente lógico. Amén del escaso tiempo con el que contará para definirse.

Hay que recordar que, de manera creciente, muchas universidades (también algunos centros educativos) están implantando exámenes orales para que desde niños se “suelten” al hablar. Para lograr eficiencia máxima a la hora de difundir un mensaje hay determinados elementos que son claves:


1. El discurso: éste debe estar perfectamente estructurado. Como un buen reportaje periodístico, debe constar de una entradilla donde se explique de qué se va a hablar; el cuerpo del mensaje, donde se expondrán los argumentos; y un cierre, donde el locutor debe llegar a unas conclusiones finales. Puesto que el discurso se crea con palabras, es necesario obligar a los niños a que lean; y preferentemente, de aquellos contenidos que sean del gusto del alumno. No hace falta obligar a que lean El Quijote, o El Lazarillo de Tormes (salvo que lo hagan, repito, por gusto). En la actualidad hay contenidos bien distribuidos por edades, temáticas, etc. Sin embargo, tanto los profesores como los propios padres deben vigilar que la fuente de su lectura no provenga únicamente de Internet. En la red de redes hay multitud de contenido escrito por gente de dudoso gusto, tanto ortográfico como literario y, lo más probable, es que le genere al alumno aún más dudas –sobre todo- respecto a aspectos gramaticales. Quizás también podría ser un buen momento para explicar a los chicos que Whatsapp permite escribir mensajes largos: la economía de las letras en los sms ya no es necesaria. Por tanto, y para obtener un discurso coherente, leer, leer y leer.

2.  En el periodismo radiofónico se concreta que hay cuatro elementos con los que se puede construir un mensaje: la palabra, la música, los ruidos y el silencio. ¿Silencios? Sí, pero que este silencio sea adrede, provocado. Un silencio que el alumno lo produzca con el ánimo de crear una “tensión” en sus interlocutores; que ese silencio jamás sea fruto de no saber qué decir, de la improvisación…Uno de los maestros del silencio es el periodista Jesús Quintero (el loco de la colina), quien en sus entrevistas introducía grandes silencios…,y que solían reportar en los entrevistados un mayor flujo de información, aseverando ya lo expuesto.
Así, tenemos un discurso que lanzar. Y hay que enseñar a los alumnos a que sepan jugar con las palabras y, también, con los silencios.


3. Hablar en público, para un conjunto de personas, conlleva que todos deben enterarse de lo que se esté hablando. Por eso, es normal que se utilicen sistemas para proyectar la voz. Si la audiencia no es muy elevada, por lo general, vale con utilizar palestras o escabeles para que el alumno esté más alto que el resto y la palabra llegue en perfectas condiciones a todos, tanto el que está más cerca como el alejado. Si la audiencia, o el lugar, es grande, probablemente tenga que emplear un sistema de microfonía. En estos dos casos, hay elementos que por lo general juegan a la contra. Uno de ellos es la vergüenza de los alumnos, no ya sólo de hablar en público, sino de estar en un sitio elevado, mientras es observado por los restantes. El miedo a hacer el ridículo suele estar siempre presente. Por eso, es una labor de los docentes lograr que lo vean como un juego; que sean los propios alumnos los que quieran intervenir y exponer en clase con naturalidad. Y, por otro lado, cuando nos escuchamos al hablar con un micrófono, siempre nos resulta extraño nuestra propia voz. Por este motivo, hay locutores que prefieren emplear cascos auriculares para escucharse a sí mismos, y quién no los prefieren.
La dicción es fundamental. Para aquellos niños que les cueste vocalizar, una gran manera de mejorarla es hablar con un obstáculo dentro de la boca; por ejemplo, hablando con un lapicero sujeto por los dientes. También –para los más tímidos- se recomienda que los niños hablen delante de un espejo, para que puedan verse con mayor naturalidad.
En cualquier caso, sólo se trata de pequeñas barreras franqueables con la experiencia, con la práctica de hablar en público.
Cuando hablamos, incluso cuando leemos en voz baja, respiramos. Es fácil ver en televisión –o escuchar por la radio- a gente que empieza a hablar (atropelladamente) y que a los 20 segundos empiezan a quedarse sin habla, o a ladear la cabeza hacia el suelo porque…¡no están respirando! Lo ideal es adquirir siempre una postura cómoda que nos permita respirar adecuadamente, para todo; y para hablar, también.

4.  Para exponer una ponencia, explicar un trabajo, una conferencia o unos datos, muchas veces los portavoces emplean soportes complementarios que sirven para apoyar el discurso. Pero sólo para eso, para apoyar. El gran comunicador no empleará una presentación con decenas de diapositivas y todas ellas con muchos datos en cada una de ellas. Si estoy escuchando a un ponente y cada 3 minutos me muestra una diapositiva cuyo texto tardo en leerlo 1 minuto, estoy dejando de prestar atención al ponente; mi atención se dirige a dos puntos: lo visual y lo auditivo. Lo más probable es que parte del mensaje se pierda.
El buen comunicador prepara una presentación que tiene que caracterizarse por ser fresca, rápida y que los mensajes que se lancen sean datos breves, imágenes concisas. Que cada diapositiva no me despiste del interlocutor (que es en realidad lo que he venido a ver).


En base a estas premisas, los profesores tienen que adiestrar a los alumnos a que sean capaces de construir un discurso consistente, bien estructurado, que sea capaz de llegar a la audiencia (sea grande o pequeña) y que sea capaz de utilizar los sistemas de apoyo para que el mensaje principal del discurso llegue a la audiencia en condiciones óptimas.

Para más información, consulta en www.singladura.net y en el 91 776 25 70